Lechuzas
Mitos y realidades

La lechuzas ya no tienen la carga de misterio que tuvieron durante mucho tiempo, pero aún perdura entre nosotros el mote de "lechuza" para el que anticipa desgracias, y cierto temor atávico que nos estremece cuando, de noche, sus chillidos nos hacen levantar la vista y descubrir su presencia entre el follaje, mirándonos fijamente.

    Recuerdo que cuando era muy chico, tendría unos 5 años de edad, una lechuza de los campanarios amaneció muerta en la vereda de un viejo vecino. Mientras un amigo y yo inspeccionábamos el cadáver con curiosidad, el vecino se acercó y vehementemente nos dijo: ¡una lechuza muerta: alguien va a morir en la cuadra! Tal expresión hizo cambiar repentinamente mi percepción del ave que hasta ese momento consideraba inofensiva. Su vinculación con la muerte, un concepto que recién empezaba a comprender, puso a la lechuza en una categoría sobrenatural no compartida con ningún otro animal que yo conociera. Con el paso del tiempo esta concepción misteriosa se fue debilitando, pero no la curiosidad que me provocan desde aquel episodio vívidamente grabado en mi memoria.
    Algo similar ha ocurrido a lo largo de la historia. Recién a partir del siglo XVIII las lechuzas comenzaron a desembarazarse de la terrible fama que tuvieron desde tiempos inmemoriales. Pareciera que en este caso, como en otros ámbitos, la infancia de las personas se asemeja a la de la humanidad, y la historia individual recapitula en algunos aspectos a la historia de las culturas.
    En efecto, el temor a la muerte siempre ha sido el principal generador de mitos, y las lechuzas fueron las aves de la muerte en el antiguo Egipto, India, China, Japón y gran parte de América. Varias características de la biología de este grupo, que resulta tan interesante como su folklore, han contribuido para dar forma a la indeseable reputación que sufren estas aves: sus hábitos crepusculares y nocturnos, sus cantos y reclamos misteriosos y la mirada fija, casi humana, de sus desmesurados ojos de posición frontal.
    Por estas mismas razones, entre los mapuches de nuestra región y entre los criollos, las lechuzas eran consideradas aves agoreras y vinculadas a prácticas de brujería y fuerzas ocultas, según veremos más adelante.
    De los griegos, que representaron a Atenea, la diosa de la sabiduría, con una lechuza, nació la relación entre estas aves y la sagacidad, sustentada probablemente en su fama de ser que todo lo ve. Esta herencia todavía se manifiesta hoy día, por ejemplo, en el logo de la Facultad de Ciencias Humanas de la UNLPam, que incluye la típica silueta en su diseño.

Características biológicas y adaptaciones
    Las lechuzas conforman el orden de las Strigiformes, que se divide en dos familias, la de los Tytonidae (pronúnciese titónide) con un representante en La Pampa, la ya citada Lechuza de los campanarios, y la familia de los Strigidae, que incluye las restantes ocho especies que encontramos en nuestra provincia.
    La mayor parte de las lechuzas están especializadas en la captura de roedores, desde las formas más grandes, como el Ñacurutú, hasta las más pequeñas, como el Alilicucu común, aunque en estas últimas los insectos suelen formar parte importante del menú. Las porciones no digeribles de sus presas, huesos, pelos y exoesqueletos, constituyen bolos que son regularmente regurgitados en lugares más o menos fijos. Estos luego suelen ser colectados para efectuar estudios de composición de la dieta.
    Así como las águilas y halcones son los depredadores diurnos dominantes entre las aves, las lechuzas tienen el monopolio de esta estrategia de alimentación después de la puesta del sol. Para esto han logrado ciertas refinadas adaptaciones: excelentes sentidos de la vista y del oído y un vuelo silencioso, que desarrollaremos brevemente.
    El vuelo silencioso permite establecer otra diferencia con las rapaces diurnas. Mientras que estas capturan a sus presas por persecución o asalto, las lechuzas prefieren acercarse silenciosamente, invisibles en la oscuridad, para caer por sorpresa sobre sus desprevenidas víctimas.
    Para cazar utilizan dos estrategias primarias. La Lechuza de los campanarios y el Lechuzón campestre, por ejemplo, vuelan bajo sobre los pastizales atendiendo a cualquier movimiento de los roedores. Las especies de bosque, como las que habitan el caldenar, prefieren en cambio permanecer posadas en una rama y desde allí volar cuando detectan algún indicio que delate a sus presas.
    Dos adaptaciones les permiten mantener el vuelo sigiloso que requieren estas modalidades de captura. Cuando se examina una lechuza (a menudo se las halla muertas en las banquinas) es notable el volumen del plumaje y la envergadura alar en proporción con el tamaño corporal, que es mucho menor de lo que cabe esperar. De esta manera, son capaces de ejercer un vuelo sostenido, con suaves movimientos de las alas, lo cual significa menos ruido. Pero, como si esto fuera poco, los estrigiformes han desarrollado otra característica que les es exclusiva, los bordes posteriores de las plumas de vuelo presentan un borde velloso y las partes superiores tienen una textura suave, para anular cualquier efecto de turbulencia en el aire y el sonido que estas provocarían.

Sentidos agudos
    Eliminar el ruido, además de servir para la estrategia de caza que emplean estas aves, tiene el propósito de permitir un mejor funcionamiento del sentido del oído, otra de las armas fundamentales con las que cuentan las lechuzas. Tan desarrollado es este que un leve movimiento de sus víctimas entre el pasto produce el sonido suficiente para que sean detectadas. Los grandes orificios auditivos que se abren detrás del disco facial, tienen disposición asimétrica, lo cual es bastante raro entre todos los vertebrados. Mediante esta especialización las lechuzas pueden identificar la dirección y la distancia a la que se hallan sus presas, a la vez que las miran fijamente, y luego caer sobre ellas con una precisión casi infalible.
    Por último el sentido de la visión, que en las lechuzas es legendario. La asombrosa capacidad que tienen de ver en la oscuridad, cuando nosotros estamos completamente ciegos, hizo concebirlas en inconexas culturas como conocedoras de lo desconocido, y vincularlas con las fuerzas de la noche, ocultas para el ser humano, pero visibles para ellas.
    Para lograr ver a bajas intensidades lumínicas los ojos de estas aves presentan varias adaptaciones. Las retinas, por ejemplo, tienen una proporción de células sensibles ante poca luz (los llamados bastones) mucho más amplia que en las aves diurnas, a la vez que las grandes pupilas colaboran permitiendo la llegada a la retina de una mayor cantidad de los escasos rayos luminosos disponibles. Por otro lado, los ojos tienen disposición frontal, lo que además de conferirle cierto aire humano a la mirada, les permite ver en forma tridimensional y juzgar de mejor manera las distancias. Esta forma de visión, conocida como visión estereoscópica, es una adaptación típica de muchos animales depredadores, y también la tenemos nosotros. Sin embargo, el hecho de tener los ojos puestos en el frente puede significar una desventaja cuando se procura observar los alrededores, ya que el ángulo visual se ve considerablemente disminuido. Para compensarlo las lechuzas tienen cuellos muy flexibles, que les permiten rotar la cabeza más de 180º para cada lado, y en algunos casos hasta 270º.

La lechuza de los campanarios (Tyto alba)
    Esta especie de lechuza, llamada chralchral por los mapuches, es entre las que viven en La Pampa la que mejor tolera la presencia del hombre, y ha sido posiblemente su afición a vivir en graneros, altillos, torres y otras construcciones humanas lo que, además de darle el nombre, la ha convertido en el imaginario popular en el ave de mal agüero por antonomasia. Por eso hemos preferido su imagen para el título.
    Verla volando de noche, con sus partes inferiores de un blanco fantasmal y emitiendo sus chillidos casi humanos, ha atemorizado a las personas a lo largo de la historia y a través de muchas culturas de todo el mundo, puesto que es un ave casi cosmopolita. Su sola presencia anuncia enfermedad y muerte, propia o de algún miembro de la familia, no solo para los supersticiosos, sino también, frecuentemente, entre gente culta.
    Esta creencia estaba muy extendida entre mapuches y paisanos de nuestra región, que veían en la lechuza de los campanarios una bruja que así se metamorfoseaba para acudir al aquelarre celebrado en alguna salamanca. El criollo se persignaba ante su visión, a la vez que pronunciaba su conjuro: ¡creo en Dios y no en vos! o ¡cruz diablo, lechuza! Coluccio rescató en Chile la fórmula ¡Primero pasó Dios que vos! y Fernández Rodríguez recogió: Adelante va la virgen/ más atrás nuestro Señor;/al pie de la cordillera/ está la cruz de Salomón./ en la que se manifiesta la deformación católica típica de América Latina de anteponer a María. También para el clero de esta religión solía ser motivo de preocupación que una lechuza se estableciera en el templo, pues creían que esperaban la noche para entrar y apagar las lámparas votivas a aletazos, y luego beberse su aceite, entre otras profanaciones.
    En realidad, de noche se dedica a su especialidad, que es la captura de roedores, y de día se esconde en agujeros de edificios, cuevas de barrancas o en otros sitios oscuros y protegidos. Los mismos lugares elige para el emplazamiento del nido, donde pone 4 a 10 huevos blancos que, en una perfecta división del trabajo, la hembra se encarga de incubar, mientras el macho se ocupa de proveer los alimentos. Cualquier época le viene bien para nidificar, incluso otoño o invierno, mientras abunden los roedores. La cría dura en total, unas catorce semanas.
    Esta lechuza, que en nuestra provincia es común pero no abundante, la he encontrado en la estación de trenes de Naicó, en la vieja casona de los Gallardo en Lihué Calel, muerta en la ruta al noroeste de Santa Isabel y en las cercanías de Anguil, y sobrevolando la catedral de Santa Rosa, además de varias otras localidades.

Lechucita vizcachera (Athene cunicularia)
    Es la lechuza conocida por todos, debido a su abundancia y a sus costumbres diurnas, y su presencia es infaltable en los campos, posada sobre un poste de alambrado o en un arbusto, o a la entrada de la cueva que constituye su morada permanente, siempre con su pareja o su familia.

La Lechucita de las vizcacheras, una presencia habitual en el paisaje pampeano. (foto D. Baccus)

    Por su preferencia de habitar llanuras abiertas suele ser llamada lechucita pampa, mientras que los araucanos, en alusión a uno de sus gritos, la llamaban pequén. El nombre más escuchado es, sin embargo, el ya citado lechucita vizcachera o de las vizcacheras, a pesar de que muy raramente utilicen las excavaciones de ese mamífero como nido y prefieran construirlas ellas mismas, a fuerza de pico y garras. Una vez terminada, la madriguera tiene entre 1 y 4 metros de longitud y servirá para refugio y crianza durante varios años seguidos. El acceso, que está ubicado sobre una pequeña elevación para evitar que la cueva se llene de agua, siempre parece sucio por los restos alimenticios y el estiércol que sus dueños tienen la costumbre de acarrear al nido. La cámara de incubación se encuentra en el otro extremo y en ella depositan a fines de septiembre y principios de octubre, los cinco a siete huevos blancos que constituyen la nidada.
    En los primeros días de nacidos, los pichones sólo se asoman tímidamente a la entrada de la cueva, para contemplar el mundo y recibir el alimento. Una semana después, ya se animan a salir, y corretean al amparo de sus protectores padres, sin alejarse demasiado. A los veinte días comienzan a ejercitar sus alas, y cuando ya son capaces de volar y cazar, aproximadamente al mes y medio, la hembra se acerca sigilosa a la puerta del lugar que los vio nacer y con su cuerpo obstruye la entrada, al mismo tiempo que el macho, como decidiendo que ya es hora que se ganen la vida por sí mismos, los echa a picotazos de su territorio. Ahora solitarios, se enfrentan a un mundo difícil en el que sólo uno o dos lograrán sobrevivir. Todo esto parecerá una fábula de Esopo, pero en realidad es una paráfrasis algo vulgar de lo que los investigadores norteamericanos han comprobado en sus tierras, donde también vive nuestra lechucita pampa, que allá ha sido estudiada a fondo.

Una Lechucita junto a su típica cueva. (foto M. Balmez)

    Se la puede ver despierta todo el día, pero la actividad se intensifica en horas del crepúsculo, cuando comienza a buscar grandes insectos y roedores manteniéndose suspendida en el aire como un halcón. No necesita beber agua, ya que les basta con la sangre y los humores de sus presas, por lo que es capaz de vivir en travesías como las de nuestro oeste. A esa misma hora, de vez en cuando, emite sus rasposas y melancólicas notas, como si aún lamentara el triste episodio con el que concluyó su infancia. En Santiago del Estero, comenta Palermo, se interpreta su grito como "¡Huajcha hua!", que en quichua significa "criaturas huérfanas", no en alusión a la condición de las propias lechuzas, dada a conocer por los ornitólogos extranjeros, sino, en su carácter agorero, a la creencia de que con su chillidos anucia el deceso de una madre.
    Según comentan Moesbach y Saubidet, entre paisanos y principalmente entre mapuches, su presencia anunciaba todo género de desgracias, y la muerte si había enfermos en la escena. Cuando en tales situaciones una lechuza pasaba emitiendo su grito por sobre el rancho donde yacía el convaleciente, sus parientes no se daban reposo hasta haberla sacrificado, y la perseguían a caballo hasta cansarla y matarla.
    En la actualidad y a pesar de su abundancia local, la lechucita pampa está sufriendo un marcado retroceso numérico e incluso ya ha desaparecido de muchos lugares que antaño habitó en su basta distribución. En toda la región pampeana, por ejemplo, la agricultura ha reducido su habitación a las cercanías de los alambrados, a las inmediaciones de las lagunas y a otros lugares inaccesibles para el arado, que año tras año destruye sus cuevas y avanza sobre su hábitat.

El caburé
    Es la lechuza más pequeña de Argentina, pero no por eso menos interesante ni menos conocida. Los mapuches, que los llamaban "quilquil", solían tomarlos con la mano cuando los encontraban entumecidos por el frio, para quitarles una pluma que, según la creencia, tenía la virtud de atraer a las mujeres y enamorarlas mágicamente (Augusta, Lect. Araucanas.)
    Tal poder de seducción se basa en un comportamiento real que personalmente tuve la fortuna de observar en el Parque Luro, una tarde de primavera, en lo profundo del caldenal: casi veinte pájaros, entre chingolos, piojitos, quejones, churrinches y algún fiofío, seguían enardecidos a un caburé que hacía caso omiso de las imprecaciones de la turba. De igual modo, quien posea una pluma de la lechucita, adquiere sus atributos: podrá ser dueño de la voluntad de las mujeres que quiera, y hasta ellas mismas lo buscarán y seguirán como las avecitas hacían con el caburé. Por esta misma costumbre suele denominárselo "rey de los pajaritos" en el noreste de nuestro país, diciendo que llama a sus súbditos para "almorzarse al más gordo", según cuenta Marcos Sastre.
    Sin embargo, lo que parece una atracción, es en realidad el intento, valiente y desesperado, de expulsar al caburé del territorio que pertenece a los pájaros, quienes reconocen en él a un potencial depredador.

Una de las dos especies pampeanas de caburé,
el Caburé grande.


    No obstante el volumen de su cuerpo, más chico que el de una viudita blanca, es un depredador formidable que no vacila en atacar una perdiz o una paloma (Jiménez, 1993, Rev. El Hornero). En este sentido Azara decía, tal vez con cierta dosis de exageración, que "No hay ave más vigorosa en proporción al tamaño, así como no la hay más feroz ni más indomable. Tiene el valor y la destreza de introducirse bajo las alas de todas las aves, sin exceptuar pavos y caracaras (caranchos), agarrándose de sus carnes para devorarles los costados y así privarlos de la vida."
    En la parte posterior de la cabeza del caburé, la coloración de las plumas dibuja cuando se erizan un claro rostro de lechuza, lo cual constituye un caso único de mimetismo. Esta cara aparente tiene contrastes más fuertes aún que la cara verdadera. La finalidad de tan singular adaptación todavía no es bien conocida, pero seguramente sirve de protección contra otras rapaces mayores, que creyéndose observadas por él, desisten de atacarlo. Y es probable también que los pájaros, que acostumbran molestar a sus adversarios por la nuca para evitar sus mandíbulas, vayan a caer directamente a las fauces del caburé cuando creyendo verdadera la cara falsa, se acercan demasiado.
    Hasta ahora nos referimos al caburé como si fuera una especie única, pero son dos las especies que tenemos en La Pampa, el chico (Glaucidium brasilianum) y el grande (Glaucidium nanum). Sin embargo, procedimos así porque son tan semejantes entre sí que aún para el ojo avezado del observador de aves resulta difícil hacer una identificación correcta a campo. Incluso en algunas clasificaciones modernas se los ha considerado como subespecies o razas geográficas de una única especie. Pueden distinguirse por la coloración de la cola y por el tamaño relativo.
    Ambas formas son de hallazgo frecuente, sobre todo en la zona del caldenal. El caburé grande sólo se encuentra en otoño e invierno, y he llegado a contar hasta cinco en una mañana, en la zona de Potrillo Oscuro. En primavera migra hacia los bosques araucanos donde se reproduce. El chico es más abundante en verano, y construye su nido en oquedades de los troncos de caldén y de otros árboles del espinal. Un hallazgo bastante desafortunado de esta especie fue en la semillería de un inescrupuloso comerciante de la calle Ameghino de Santa Rosa, que ofrecía estas aves a sabiendas de que su venta está prohibida por la ley. Como emulando al caburé con sus dos rostros, un compañero de la facultad y yo ocultamos nuestras verdaderas cara de indignación, para hacernos pasar por interesados pajareros deseosos de comprar tan extraña ave de jaula. Así pudimos indagar sobre cuestiones que nos llevaron a denunciarlo ante la Dirección de Fauna de la provincia, que al día siguiente le incautó todo. Y pudimos averiguar también que ya había vendido unos cuantos a parapsicólogos y curanderas de la ciudad.

Otras Lechuzas
    Una de las especies más comunes en nuestra provincia es el lechuzón campestre (Asio flammeus), llamado nuco por los mapuches, que habita campos abiertos sobre los que se lo ve volar en actitud de caza de una manera lenta y singular. Su nido lo construye en el suelo, apenas arreglado con algunos pastos, y sobre él deposita unos cinco huevos.
    A diferencia de casi todas las aves tiene un buen sentido del olfato y junto con su desarrollado oído puede percibir a sus presas bajo una cubierta continua de hierba. A la vez, y en contraste ahora con muchas lechuzas, sus hábitos son exclusivamente diurnos, extendiéndose a lo sumo hasta el atardecer, por lo que en parte ha escapado a la negra fama que pesa sobre sus congéneres. Uno y otro sexo son tan parecidos que para reconocerse el macho realiza despliegues como golpear sus alas bajo el pecho u ofrecer una presa a la hembra.
    El lechuzón orejudo (Asio clamator)

se parece bastante a este último, pero lo distinguen las plumas desarrolladas a los lados de la cabeza, que le dan el nombre, y el preferir un hábitat distinto, como son los bosques y las arboledas. Es por cierto, bastante difícil de ver en nuestra provincia.

El Ñacurutú, la mayor de nuestras lechuzas (foto D. Baccus)

    Algo más frecuente, pero también escaso, es el Ñacurutú (Bubo virginianus), o tucu en mapudungun, la mayor de nuestras lechuzas, ya que alcanza una longitud de medio metro. Se distribuye desde el norte de Alaska hasta Tierra del Fuego, y es considerada por muchos como la más voraz entre todas las rapaces, incluyendo en su dieta liebres, comadrejas, piches y peludos, zorrinos, patos, perdices y otras aves de presa, por nombrar solo algunas de sus víctimas, además de los roedores, que son sus predilectos. De vez en cuando caen en sus garras un perro, un gato o una gallina, y ahí comienza la persecución. Los disparos y las rutas son las principales causas de mortalidad de estas espectaculares aves, que no tienen más enemigos que nosotros, y que, ha no ser por uno de estos accidentes, llega a vivir 40 años.
    Otra de las lechuzas que habita nuestros montes es el pequeño y llamativo alilicucu común (Otus choliba), mucho más fácil de detectar por su canto aflautado, que suena algo así como krrr..cu..cu..cu, que por su avistaje. Estrictamente nocturno, de día se oculto en lo más espeso del follaje o en huecos de los troncos.
    La lechuza bataraz (Strix rufipes) la más común de los bosques de caldén, encarnaba para los mapuches el mito del chonchón. En ellas se transformaban los brujos araucanos, desprendiendo la cabeza del cuerpo y tornando en alas las orejas, para efectuar sus incursiones nocturnas

Un brujo a mitad del proseso de transformación que lo convertirá en el temible chonchón (Dibujo R. Deambrosi)

. Solían ir hacia la ruca de algún enfermo para sobrevolarla, y si este se quedaba solo, entraban por cualquier rendija para chuparle la sangre y matarlo. Durante la ausencia de la cabeza el cuerpo debía quedarse de espaldas, o de otro modo no podría reunírsele a la vuelta. Tal contingencia podía ser aprovechada por los enemigos del brujo para vengarse.
    En Chile aún se sigue llamando concón a esta lechuza, y es interesante en este sentido, el hecho de que en 1938 J. Pereyra recogió para la zona de Conhelo el nombre de colcón, leve variación de la grafía original.
    A lo largo de la historia las estas aves han sido perseguidas y han encontrado la muerte por ser consideradas engendros de la noche o emisarias del mal. Es hora ya de que nos despojemos de los prejuicios y empezemos a proteger a las lechuzas porque, además de cumplir una función decisiva controlando animales considerados plaga desde el punto de vista productivista, como los roedores, son depositarias y portadoras de un inestimable bagaje cultural, mitos, cuentos y leyendas, regionales y universales, que perderían todo sentido si ellas desaparecieran.

Mariano Martín Fernández.

Canto del Ñacurutú (Bubo virginianus)
Canto de Lechuza de los campanarios (Tyto alba)
Canto del Caburé chico (Glaucidium brasilianum)
Canto del Caburé grande (Glaucidium nanum)
Canto de la Lechucita de las vizcacheras (Athene cunicularia)
Canto del Lechuzón campestre (Asio flammeus)

...sugerencias, críticas o comentarios: marianofer@mixmail.com

 


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